Se hizo monja para huir del "quilombo" del amor de pareja: "Estaba harta de tanto sufrir"
Una mujer comparte su increíble historia: dejó todo para entrar a un convento de clausura, buscando paz lejos de las desilusiones amorosas. Hoy, a los 60, cuenta su verdad.
Cansada del constante desgaste que le generaban las relaciones, una mujer decidió dar un volantazo total a su vida. Estaba harta de que el amor, más allá de los momentos lindos, siempre terminara en un mar de peleas y contradicciones. Sentía que debía haber otra forma de vivir, lejos de ese "quilombo" que no la dejaba en paz. Quería escapar de sí misma, de su propia emocionalidad a la que le tenía miedo.
Todo se precipitó en 1985. Con un noviazgo de tres años que parecía ir viento en popa y fecha de casamiento con Carlos, la vida le jugó una mala pasada. Se enamoró perdidamente de Luis, su profesor de facultad, veinte años mayor y casado con hijos. La culpa y la pasión se trenzaron en una batalla interna. Engañar a su prometido y a la esposa de su amante la carcomía, pero la avalancha de ese amor prohibido la arrastró. Esa relación, nacida de tanta destrucción, no podía terminar bien, y el sufrimiento se multiplicaba a medida que la pasión se convertía en dolor.
Decidida a empezar de nuevo, dejó a ambos. Poco después conoció a Pablo, un buen tipo con el que la relación era tranquila. Pero el trabajo lo llevó a 500 kilómetros y la distancia se volvió una tortura. Los mil kilómetros de fines de semana se hicieron insostenibles, y las videollamadas no existían. La relación se enfrió, se deshilachó. En una despedida en la estación de ómnibus, las emociones la desbordaron y puso fin a la relación. En el viaje de regreso, una pregunta obsesiva le taladraba la cabeza: ¿cómo protegerse de tanto dolor?
Fue entonces que recordó a Victoria, una monja de clausura que siempre veía alegre y serena. De repente, la idea de hacerse monja, como ella, parecía la solución para bajarse de esa montaña rusa emocional. En pocas semanas, la decisión estaba tomada. Sus padres no la entendían, pero ella quería ir a fondo, buscar una vida llena de sentido y paz. Seis meses después, ya estaba en el convento, iniciando un camino que creía trascendental, con la ilusión de ser la mejor monja.
Sin embargo, el convento no fue el paraíso esperado. A los cuarenta años, ya como directora, se dio cuenta de que había elegido el camino equivocado. Cuanto más alto llegaba, más oscuras eran las miserias que encontraba: manipulación emocional, vínculos distorsionados y una búsqueda de afecto imposible en un sistema tan rígido. Se sentía atrapada, como Michael Corleone en El Padrino III, descubriendo que la cima era más retorcida de lo que imaginaba.
Le llevó quince años madurar la decisión de dejar los hábitos. Fue una lucha interna contra el miedo al qué dirán, el orgullo de admitir un error y la sensación de haber perdido tanto tiempo. Pero con el tiempo, entendió que no fue un error, sino una búsqueda necesaria. Se había escapado de sí misma, de su propia emocionalidad, buscando refugio en una fe que, si bien la ayudó, no podía reemplazar los amores humanos, con sus alegrías y sus dolores.
Hoy, a los sesenta años, la vida la encontró enamorada de un hombre divorciado, de sesenta y dos, con su propia historia. Un amor imperfecto, sí, pero real y profundo. Como en el cuento de Las mil y una noches, el tesoro que tanto buscaba no estaba lejos, sino en su propio jardín. A veces, hay que recorrer el mundo para darse cuenta de que la felicidad, con todos sus matices, está al alcance de la mano, en el camino de la vida misma, con todos sus problemas.