Sarlo para multitudes: La intelectual que se animó a la calle y nos dejó pensando
Entrevistar a Beatriz Sarlo era un desafío. Una maestra que, con su altivez y conocimiento, se ganó a la gente de barrio.
Entrevistar a Beatriz Sarlo no era un trámite más, era siempre un quilombo. Para nosotros, los periodistas, y para mí en particular que la tuve de profesora, era sentarse frente a una maestra que te obligaba a estar siempre un paso adelante. Ella sabía que uno no la iba a dañar, pero si la incomodabas un poquito, ¡agarrate! Se ponía altiva, te bombardeaba con su conocimiento como un escudo. Era una jugadora de truco bárbara, sabía disimular lo que no sabía y llevar la charla para donde más le convenía.La entrevistamos de todas las formas posibles: con cámaras, sin cámaras, con público, en la Feria del Libro, por Zoom. Y siempre mantenía ese "cancherismo" elegante que te atrapaba. Su forma de hablar, sus ejemplos, eran un golazo. Pero si sentía que la cosa se le iba de las manos, se ponía fría, alerta, lista para el retruco.Me acuerdo de una vez, hablando de feminismo y derechos de las mujeres. Se puso a la defensiva, quería llevar todo para el lado de las ciencias sociales. Decía que a ella nunca le había pasado nada malo por ser mujer, que no la habían abusado, que no era "militante". Quería mostrarse como una excepción, como si nada. Pero la verdad es que, a su manera, ¡era una feminista sin darse cuenta!Le gustaba ser la "francotiradora", la que se corría de los moldes. Quería mostrarse única, inmune a lo que le pasaba a otras mujeres, gracias a su familia de maestras y a la carrera que estudió. Pero sin querer, se le escapaban "cositas" que la ponían del mismo lado que a todas: también a ella le costó más, tuvo que escuchar comentarios inapropiados y hasta la manosearon en el subte, ¡y eso que iba vestida de punta en blanco!En las últimas décadas, Sarlo dejó un poco el coto académico para meterse de lleno en los medios masivos. Sus opiniones se volvieron influyentes para un montón de gente, no solo para sus alumnos. Empezó a escribir columnas en diarios, opinando no solo de política, sino también de temas más "frívolos" como cirugías estéticas o shoppings. Se puso las pilas para llegar a la gente de barrio.Alguna vez me confesó que prefería escribir más sobre literatura y menos sobre política. Y creo que le pasaba lo mismo en las entrevistas: se sentía más cómoda hablando de libros que de la política de todos los días. Opinar de todo un poco, de cosas que duraban un suspiro, quizás le restó algo de esa profundidad que tanto la caracterizaba.Pero, ¿valió la pena que se tirara a la pileta de los medios masivos, dejando un poco el ambiente académico? ¡Claro que sí! Al final, esa forma de participar en la vida pública, de influir en la sociedad, era algo que ella siempre admiró. Y gracias a eso, muchos, después de leerla o escucharla, la terminaron llamando, simplemente, "la maestra".