¡Un golazo! Fue profesor de su propia mamá en la UBA y la emoción desbordó el aula el último día
Tomás Cazalá, docente de Marketing Digital en la UBA, tuvo a su mamá, Gabriela, como alumna oyente. La señora se puso las pilas, rindió todo y aprobó, conmoviendo a todos cuando se reveló el vínculo.
Gabriela Gamen, lejos de buscar un título más, quería seguir aprendiendo. Y no eligió cualquier cosa: se metió de cabeza en Marketing Digital, ¡con su propio hijo, Tomás Cazalá, como profesor en la UBA! Él le puso una condición: tenía que rendir todo y comprometerse al cien por cien, como cualquier alumno regular. Y ella, a sus 62 años, se la bancó.Nadie en la facultad sabía que esa alumna tan aplicada era la madre del profe. Cada domingo, cuando Tomás iba a comer a casa, la encontraba rodeada de apuntes, metiéndole con todo. Durante un cuatrimestre, compartieron el aula en silencio, guardando el secreto, como si ese vínculo especial no necesitara explicaciones, solo vivirse.El último día de clases, al entregar las notas, Tomás felicitó a sus estudiantes. Cuando invitó a los oyentes que habían completado la cursada, la vio a ella. No lo tenía planeado, pero la emoción le ganó. Con la voz quebrada, soltó la verdad ante el centenar de pibes: "Ella es mi mamá y fue mi alumna; y yo fui su docente".El aula quedó muda por un segundo, y después, la emoción explotó. Madre e hijo se dieron un abrazo que conmovió a todos. Esta escena, que ocurrió a fines de 2024, se hizo viral cuando Tomás la compartió en sus redes. "Ojalá yo tenga, a los 62, las mismas ganas de aprender que tiene ella", confesó el profe, orgulloso.Tomás, con solo 29 años, ya es profesor adjunto de la materia que él mismo impulsó en la Facultad de Ciencias Económicas. Durante la pandemia, cuando daba clases virtuales desde casa, su mamá empezó a escuchar y se enganchó. Así fue como, de a poquito, el marketing digital se volvió tema de charla familiar.Gabriela, licenciada en Sistemas y bancaria, le comentó a su hijo que quería aprender más. Tomás, ni lerdo ni perezoso, le propuso anotarse en su cátedra, pero sin ventajas. "Te acepto como oyente, pero si te lo tomás en serio: vas a rendir parciales, venir a clase y exponer el final", le dijo. Ella aceptó el desafío y, para sentirse más acompañada, invitó a una amiga.Desde el primer día, Gabriela fue una alumna más. Nadie, ni siquiera los catorce ayudantes, supo de su parentesco. Se sentaba en primera fila, participaba, estudiaba con su grupo. Tomás mantenía la distancia en clase, pero los domingos, al verla con los apuntes, sentía un orgullo zarpado. Incluso, para no llamar la atención, ella se bajaba una cuadra antes de la facultad.Lo que empezó como una curiosidad, terminó fortaleciendo la relación de madre e hijo. "Descubrí una constancia y una perseverancia en ella que me sorprendieron. Compartir el aula y el viaje me ayudó a reconectar con ella desde otro lugar", cerró Tomás, emocionado por esta experiencia que, sin dudas, los marcó para siempre.