Robert Redford: el genio que nos regaló peliculones llevando los mejores libros a la pantalla
El legendario actor y director siempre tuvo una pasión enorme por la lectura. Supo adaptar historias profundas que hoy son clásicos del cine mundial, mostrando una ética y sensibilidad únicas.
Robert Redford, más allá de ser un actor y director de los grandes, siempre se confesó un lector empedernido. Si uno mira su carrera de cerca, no es solo una lista de películas, sino una verdadera biblioteca personal, llena de historias que lo obsesionaban. Siempre volvió a los mismos temas: el famoso "sueño americano" y lo que cuesta bancarlo, la soledad que te pone a prueba, la dignidad de laburar, paisajes que hablan por sí solos y esas instituciones que se tambalean cuando nadie mira.
Desde el arranque, su camino en el cine estuvo ligado a los libros. Comprar los derechos de una novela que lo movilizó o darle una mano a un guion, era lo suyo. Un ejemplo clarísimo es "Todos los hombres del presidente", donde no solo actúa como Woodward, sino que fue el productor que compró los derechos del libro. Armó una película que agarró el laburo periodístico –seguir pistas, chequear fuentes, escribir claro– y lo transformó en puro suspenso. Acá no importaban las persecuciones, sino la paciencia de los periodistas y el coraje para seguir adelante.
Su debut como director con "Gente corriente" demostró que esa misma ética valía para la vida íntima. Esta novela de Judith Guest cuenta la historia de la familia Jarrett, que lucha con el dolor por la muerte de su hijo mayor y el intento de suicidio del menor. Redford capturó esos silencios, esas personas que no encuentran las palabras justas. Un adolescente con culpa, una madre que confunde el control con el amor, un padre que intenta a los tumbos mostrar afecto. No eran personajes de melodrama, sino gente común y corriente con un sufrimiento que se mostró con una dignidad tremenda.
Después, con "El río de la vida", fue un paso más allá. El río no era solo un paisaje de fondo, sino la conciencia misma, llevando recuerdos, culpas, afectos. Mantuvo la voz del autor, Norman Maclean, confirmando su fidelidad al tono y la historia original. El paisaje, como en el libro, se volvió un personaje más, que te marca y te da libertad a la vez.
Con los años, sus películas se hicieron más tranquilas. En "Un paseo por el bosque", basada en Bill Bryson, una caminata se convirtió en una reflexión sobre el tiempo y cómo bancarse los límites con humor. Y "Nosotros en la noche", de Kent Haruf, casi parece un autorretrato. Habla de la vejez, de la soledad y del miedo a morir solo, pidiendo algo tan simple como la compañía, no pasar la noche a solas. Rechazó la nostalgia y el drama, y se centró en ese pedido humilde: "quedate conmigo esta noche".
El ritmo, los personajes, la trama, el paisaje, la cadencia de la literatura, todo eso se ve en la pantalla cuando Redford actúa o dirige. Sabe leer los guiones y las novelas que hay detrás. Y cuando dirige, lleva a sus actores a la moderación: el silencio en "Gente corriente", la memoria en "El río de la vida", la humildad para aceptar la vida en "Nosotros en la noche".
En su "biblioteca filmada" no hay adaptaciones de relleno. Si las miramos como capítulos de una misma obra, sus películas arman un recorrido íntimo. Desde el pibe curioso de los setenta que se mete en problemas grandes y quiere mostrar cómo laburan los que aman la verdad, hasta el hombre que ya de grande baja la voz y busca la compañía, el humor como sabiduría y la intimidad como una épica silenciosa.
Cuando uno repasa sus películas nacidas de libros –desde "El gran Gatsby" hasta "Nosotros en la noche", y muchas más– se siente esa charla larga que tuvo con los autores, esa clara intención de hacerles justicia. Y es ahí, en esa intención, donde brilla la obra de este gran artista. Se nota una aspiración estética, ética y política de alguien que creía que el cine podía ser una escuela de vida y, por lo tanto, una escuela de lectura.