Conmoción en Barrio Norte: el día que mataron a Lino Palacio y sus personajes quedaron huérfanos
Un crimen brutal e incomprensible terminó con la vida del gran Lino Palacio y su esposa, dejando sin su maestro a personajes tan queridos como Don Fulgencio y Avivato.
Palacio era mucho más que un dibujante; era un cronista de la Argentina. Desde San Telmo, con su lápiz, supo retratar con ternura y picardía las contradicciones de la vida cotidiana y las miserias del poder. Su talento era tan grande que hasta el mismísimo Walt Disney lo consideró "uno de los mejores dibujantes del mundo". Dejó una marca que atravesó generaciones, con un ingenio que sigue vigente.
Entre sus creaciones más famosas, se destacan Don Fulgencio, el adulto con alma de niño que nos hacía reír con su inocencia, y Avivato, el pícaro porteño que siempre encontraba la forma de "avivarse" y que nos ponía frente a un espejo. Dos caras de la moneda argentina, dibujadas con maestría para hacer pensar y sonreír. Ambos personajes no solo fueron un éxito en los diarios, sino que también llegaron al cine y al habla popular.
Pero la vida de Lino no fue solo aplausos. Durante la dictadura militar, su lápiz fue silenciado. Sin una orden formal, pero con la presión de un régimen que no toleraba el humor crítico, sus tiras más populares desaparecieron de los diarios. Esa censura, que lo obligó a un retiro forzado, fue una herida profunda que le dolió tanto como el olvido.
El 14 de septiembre de 1984, la tragedia final. Lino Palacio y Guillermina Delpino, su esposa, fueron asesinados mientras dormían. Los responsables fueron Claudia Alejandra Sobrero, una joven adicta y ex pareja de un sobrino nieto del artista, y dos cómplices. No hubo robo millonario ni grandes motivos, solo una brutalidad incomprensible que apagó dos vidas. Sobrero fue condenada a prisión perpetua, aunque luego recuperó la libertad en 2006, casi 21 años después.
A pesar de la censura y de ese final tan doloroso, el legado de Lino Palacio es imborrable. Su obra sigue viva, recordada y homenajeada. Don Fulgencio, por ejemplo, tiene su lugar en el Paseo de la Historieta en San Telmo. Su trazo, su humor y su mirada inteligente nos siguen acompañando, recordándonos que ni el silencio ni la muerte pudieron borrar su arte.