Nihonga: cuando el arte japonés se puso las pilas para no perder su identidad frente a la cultura occidental
En plena apertura de Japón a Occidente, a fines del siglo XIX, un grupo de artistas dijo "¡Basta!" y rescató la pintura tradicional para que no se la comiera la moda europea. Una historia de identidad y resistencia cultural.
Ahí es donde aparece el Yōga, un estilo de pintura que abrazaba lo occidental con ganas. Usaban óleo, buscaban el realismo en los retratos y se ponía de moda rapidísimo. Era la modernidad que llegaba para quedarse, y la gente lo re aceptaba.
Pero no todos estaban contentos. Un crítico de arte llamado Okakura Kakuzō, que de pibe jugaba a la guerra en las calles de Yokohama, veía con el ceño fruncido cómo el arte propio de Japón podía desaparecer. Él y otros artistas, como Kanō Hōgai, decidieron que había que rescatar lo nuestro. Así nació el Nihonga, que significa "imágenes de estilo japonés".
El Nihonga fue como volver a las raíces: papel, tinta, caligrafía y mucha naturaleza. Era una respuesta filosófica y estética a la invasión cultural. Kakuzō no se guardó nada y lo dejó claro: "La gloria de Occidente es la humillación de Asia", escribió, marcando que esto no era solo arte, sino una cuestión política.
Lo más zarpado es que, si bien era tradicionalista, el Nihonga no le hizo asco a tomar prestado algo de Occidente: la perspectiva. Ese detalle le dio a las obras una modernidad increíble. De repente, los dragones se veían más imponentes y los paisajes mostraban una inmensidad que te dejaba boquiabierto, como en "Bailando en las llamas" de Gyoshū Hayami.
Este movimiento fue creciendo, sumando artistas y escuelas, y se convirtió en un símbolo de cómo se puede volver al pasado no para quedarse estancado, sino para encontrar herramientas nuevas. ¿Salvó al arte japonés de ser devorado por la moda global? Quizás sí. Como decía Okakura Kakuzō, lograron hacer "algo posible en esta cosa imposible que conocemos como vida".