Primero aparece la molestia, después el chat. Una sensación en el pecho, días sin apetito o una conducta rara terminan en Inteligencia Artificial antes que en consultorio.
No siempre es porque alguien quiera reemplazar al médico. Muchas veces es por apuro, por plata o por esa costumbre de querer una respuesta ya, a las tres de la mañana si hace falta.
Matías Sánchez Sanda, del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, marca tres motivos: barreras de acceso, sobreconfianza en la IA y la necesidad de reaseguro. O sea, consultar para quedarse tranquilo… y quedar más manija que antes.
El problema, dicen los especialistas, es que el chat puede dar alertas, pero no revisa a nadie. Fernando Cichero, cirujano cardiovascular, remarca que un algoritmo no ausculta, no palpa y no ve al paciente de frente.
En temas del corazón, un mal consejo puede hacer que alguien se automedique, deje pasar una crisis o llegue tarde al médico. Y con la salud, ya se sabe: el “después veo” a veces sale caro.
La nutricionista Mónica Katz también ve un límite claro. La IA puede señalar señales de alarma, pero tiende a ser complaciente y no siempre nombra trastornos que sí necesita detectar un profesional.
Sánchez Sanda agrega que, en personas muy preocupadas por su salud, el chequeo constante con el chat puede alimentar la ansiedad en vez de bajarla. Al final, el alivio dura poco y la duda queda picando.
Los tres coinciden en lo mismo: la interfase humana no se reemplaza. La IA puede ayudar a ordenar ideas, pero no diagnostica sola ni entiende el cuerpo como lo hace un médico. ¿Sirve como apoyo? Sí. ¿Como reemplazo? Ahí empieza el quilombo.

