De la barra, la droga y el abismo: el regreso de Lucas Suárez para contar su salvación
Lucas Maximiliano Suárez fue parte de una etapa pesada en Sportivo Desamparados, marcada por peleas, consumo y pérdidas dolorosas. Tras una sobredosis que casi le cuesta la vida, asegura que logró recomponer su camino y hoy vuelve al mismo lugar para dejar un mensaje de esperanza.
El pasillo de la platea Este de Desamparados todavía parece guardar la memoria de aquellas noches bravas. Había corridas, sangre en el piso, banderas al viento y un clima de tensión que no daba respiro. En medio de ese escenario estaba Lucas Maximiliano Suárez, uno de los nombres fuertes de la barra de Sportivo Desamparados. "Había sangre por aquí y por allá, familias y no nos interesaba nada. Peleábamos por el respeto, por la bandera, pero nada de eso me llenaba. Hacía mucho daño. No sentía lástima. Mi cabeza era Desamparados y si había que hacerle daño a alguien, lo hacía todo por Desamparados", recuerda.
Nacido y criado en la Villa del Carril, Lucas cuenta que la violencia empezó de chico y fue creciendo sin freno. "A los 15 años empecé las peleas. Fue en un torneo local. Éramos 10 y en un momento éramos 300. Éramos muchísimos", relata. Pero el golpe más duro venía por otro lado, mucho más silencioso y oscuro: el consumo. "A los 11 años empecé a fumar marihuana y a los 13 empecé a consumir cocaína. Nunca más la pude dejar. Yo era un niño, pero ya dependía de la cocaína. Me gustaba la adrenalina que me daba".
La droga y la violencia se fueron mezclando hasta convertir su vida en una espiral peligrosa. "No podía caminar tranquilo, éramos muy violentos. Familias dejaron de venir a la cancha por las peleas que había en la tribuna. Vivíamos ciegos, no medíamos el daño que hacíamos". El fútbol, que en algún momento fue pasión pura, terminó arrastrándolo a un pozo del que parecía imposible salir. "Entre las adicciones y la cancha, fui perdiendo todo. Soy papá y amaba a mi hija, pero poco a poco me fui alejando. Me dijeron ‘o somos nosotros o es la cancha’. Y yo me quedé con esto… la cancha. Perdí todo por la droga".
La confesión duele y no esquiva nada. "Me sentía una persona inservible. No podía ni abrazar a mi hija". Su familia miraba con impotencia cómo se hundía día tras día. "A mi mamá le destrozaba el corazón de a poquito. Ella veía cómo su hijo se estaba muriendo. Creo que tenía un hijo muerto en vida". Lucas asegura que llegó a consumir cocaína las 24 horas. "Ya no era yo quien manejaba mi cuerpo. Me manejaba la cocaína". El final, dice, estuvo muy cerca. "Un día me desmayé por una sobredosis muy fuerte. Estuve a punto de morir. Tenía una gran cantidad de químicos en el cuerpo".
Ese episodio marcó un quiebre. "Desde ahí empecé a ir a la iglesia y a recibir del Espíritu Santo". Más allá de la fe, habla de una reconstrucción personal, de volver a empezar cuando ya no quedaba casi nada. "Con el tiempo me di cuenta que la gente por la que daba la vida me falló de la noche a la mañana. Perdí mi familia, mi casa, perdí todo por la cancha, por los pibes, por la droga". Hoy asegura que recuperó parte de lo que había perdido. "Dios me devolvió a mi hija, mi familia, mis hermanos, mi papá y mi mamá". Y volvió al mismo lugar donde antes sembraba miedo para dejar otro mensaje: "En este lugar donde antes hacía daño, hoy vengo a decir que soy un servidor del Señor y a dar testimonio. Si yo salí, otros también pueden hacerlo".