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Expectativa

Revelan cuánto podría bajar la nafta en Argentina si no pesaran tanto los impuestos

Casi la mitad del precio en los surtidores se va en gravámenes que cobran Nación, provincias y municipios, y eso pega de lleno en el bolsillo.

Revelan cuánto podría bajar la nafta en Argentina si no pesaran tanto los impuestos

El precio de los combustibles volvió a quedar en el centro de la escena en Argentina, y no es para menos: cada vez que alguien pasa por el surtidor, siente el golpe en el bolsillo. Detrás del valor final de la nafta hay un componente que muchas veces pasa desapercibido, pero que pesa fuerte: la carga impositiva.

Tomando como referencia un precio de $2.000 por litro, promedio de lo que hoy cuesta en el AMBA, casi la mitad se explica por impuestos. En números concretos, unos $932 por litro, es decir, el 46,6% del valor final. Una cifra que deja en claro por qué los combustibles siguen caros y por qué cada ajuste termina moviendo todo lo demás.

La mayor parte de esa carga viene del nivel nacional. Aproximadamente $830 por litro, un 41,5% del total, corresponden a tributos como el Impuesto a los Combustibles Líquidos (ICL), el Impuesto al Dióxido de Carbono y el IVA. Además de recaudar, estos gravámenes también se presentan como una forma de financiar infraestructura.

Más abajo aparecen los impuestos provinciales, que rondan los $60 por litro, un 3%, y las tasas municipales, que suman cerca de $42, equivalentes al 2,1%. En algunos municipios, esa tasa incluso supera el 3%. Aunque su peso es menor frente a los tributos nacionales, también terminan empujando el precio hacia arriba.

El tema no es menor. Por un lado, el Estado encuentra en los combustibles una caja de recaudación muy eficiente, porque la nafta es un insumo que cuesta reemplazar en el corto plazo. Pero, al mismo tiempo, ese esquema encarece el transporte y repercute en cadena sobre bienes y servicios, algo que se siente en la vida diaria y en la economía de todos los días.

Hay además un costado que muchas veces queda relegado: los impuestos sobre los combustibles son, en esencia, regresivos. Golpean más fuerte a los sectores de menores ingresos, que destinan una parte mayor de su presupuesto al transporte o a productos cuyo valor depende de la logística. Y cuando las actualizaciones se postergan y después llegan juntas, el sacudón en los surtidores se traslada directo a la inflación.

En definitiva, la discusión de fondo no es solo cuánto vale la nafta, sino cómo se arma ese precio. Con casi la mitad del valor atada a impuestos, cualquier alivio real para el consumidor tendría que pasar, sí o sí, por una revisión del esquema tributario. Porque cada vez que un automovilista carga combustible, no solo paga energía: también financia una parte importante del funcionamiento del Estado.

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