Se bajó del arco el "Loco" Ávila… y dejó un pedazo de historia
A los 47 años, Leonardo Ávila decidió ponerle punto final a una carrera de más de dos décadas defendiendo arcos en San Juan, Mendoza y Buenos Aires. Se va del fútbol, pero con la pasión intacta y un montón de historias encima.
Hay despedidas que no hacen ruido, pero pegan hondo. Y la de Leonardo "el Loco" Ávila entra justo en esa categoría. A los 47 años, después de más de 25 temporadas bajo los tres palos, decidió colgar los guantes. No porque se le apagó el amor por la pelota, sino porque entendió que también hay momentos para dar un paso al costado.
Su historia arrancó bien de chico, en Rawsón, cuando todavía jugaba al baby fútbol. A los 10 años ya había elegido el arco, ese lugar bravo, solitario, donde un segundo te puede dejar como héroe o como villano. A los 12 empezó en inferiores de Atlético de la Juventud Alianza, aunque su camino no fue nada sencillo.
"No estuve mucho tiempo en Alianza. A los 14 años fuimos a jugar a Chile con una selección de Luz y Fuerza. Un club quería que nos quedáramos, junto a otros chicos, pero nuestros pases eran de Alianza y pidieron mucho dinero. Después de eso estuve dos años sin jugar", recuerda. Dos años afuera de la cancha para cualquiera son una eternidad, y más para alguien que vive con la pelota en la cabeza.
Pero el fútbol siempre da revancha. Y la suya llegó de la mano de Juan José Chica, que lo llevó a San Martín. Con apenas 16 años, le tocó debutar en un momento caliente: el club peleaba el ascenso y él era el cuarto arquero. "Cuando debuté, San Martín estaba peleando el ascenso. Yo era el cuarto arquero. Como uno estaba lesionado, otro subió y me tocó atajar en la primera local. Ganamos 2 a 0 el clásico con Desamparados… fue un momento único e increíble", contó. Ese día no fue uno más: ahí empezó a escribirse el apodo de "el Loco" Ávila.
Desde entonces, su carrera fue un ir y venir de camisetas, viajes, vestuarios y anécdotas. Pasó por Chacarita, Argentino de Mendoza, Unión de Villa Krause, Peñarol, Luján de Cuyo, Montecaseros, Villa Obrera, Desamparados, Trinidad, Alianza y varios equipos de Albardón, hasta cerrar su etapa en Sport Argentino.
Entre tantos recuerdos, hay uno que lo marcó fuerte: su paso por Argentino, en Mendoza, donde fue dirigido por Leopoldo Jacinto Luque. "En Mendoza, en Argentino, me dirigió Luque. Fue increíble. Me llevaba a su casa, me hablaba, me corregía. Me contaba cosas del Mundial que uno ni imagina. Me dolió mucho su muerte… fue una persona que me marcó en mi carrera", dijo con emoción.
Y claro, ser arquero no es para cualquiera. Es convivir con el error, con la presión y con ese instante en el que todo puede cambiar. "El arquero es el que más sufre. Si me equivoco, es gol. Y me pasó muchas veces… pero hay que ser fuerte de la cabeza para levantarse y volver a empezar. Muchos recuerdan a los goleadores, pero nosotros quedamos en el olvido. Igual, me siento orgulloso del puesto que ocupé toda mi vida", sostuvo.
En ese recorrido, hubo una base que nunca aflojó: su familia. "Mi fuerza siempre estuvo en casa. Mi esposa Marisa, mis hijas Delfina y Guillermina… ellas fueron el motor. Gracias a ellas seguí jugando", afirmó. Un sostén clave en una carrera larga, exigente y muchas veces ingrata.
Hoy, Ávila trabaja en una empresa privada y sigue ligado al fútbol desde otro rol: es ayudante de campo y entrenador de arqueros en Unión, junto a Juan Colarte. Además, ya empezó a dar sus primeros pasos como director técnico y continúa formándose. "No se me terminó la pasión… entendí que ahora me toca desde otro lado. Voy a extrañar, seguro. Pero estoy feliz por todo lo que viví", cerró.
Y si algo dejó en claro es que no se va con cuentas pendientes. "No me arrepiento de nada. Hubo derrotas, lágrimas, hasta momentos en los que no cobrábamos… pero fui feliz. En cada entrenamiento, en cada partido. Me quedo con las amistades, con los años vividos". Una despedida serena, con olor a vestuario y corazón lleno.