El oficio de zapatero resiste y gana terreno en plena crisis: "todo se repara"
Con la economía en jaque, cada vez más sanjuaninos optan por arreglar antes que comprar. Los zapateros, con su arte y paciencia, se vuelven esenciales para estirar la vida del calzado y otros objetos.
En estos tiempos difíciles donde la guita se cuida más que nunca, un oficio de toda la vida vuelve a tomar protagonismo en San Juan: el del zapatero. Este trabajo tradicional, que hace décadas parecía casi condenado a extinguirse, hoy se reinventa y se mantiene firme como un pilar en la economía diaria de los vecinos.
Marcelino, un maestro de la reparación que lleva más de seis décadas en la cancha, abre las puertas de su taller. "Desde el año 57 estoy en esto. El año que viene voy a cumplir 70 años de oficio", cuenta con ese orgullo que se gana sólo con el tiempo y el esfuerzo. Para él, el secreto es la pasión: "El que no se enamora de lo que hace, es un esclavo", dice y deja en claro que este laburo es mucho más que pegar suelas.
Antes, con pocos modelos, era más fácil aprender; ahora la cosa cambió y hay un montón de materiales y estilos. Pero para Marcelino y su familia eso no fue un problema, sino un desafío: "Hay que ir adaptándose", afirma. En su taller no sólo reparan zapatos, sino también mochilas, camperas y botines de fútbol. Como dice su hijo Diego, "todo se repara".
La crisis aprieta duro, pero abre una puerta: cada vez más gente prefiere poner manos a la obra y recuperar lo que tiene. Aunque no todo es color de rosa; a veces los clientes no vuelven a buscar sus cosas. "Antes los donábamos, ahora los dejamos porque también la situación nos afecta", revela Marcelino con cierta tristeza.
Más allá de los palos en la rueda, este taller familiar sigue andando, pateando la calle con la sabiduría que sólo dan los años y el amor por el oficio. El trabajo heredado y la experiencia acumulada mantienen vivo un rubro que, en vez de rendirse, encuentra nuevas razones para seguir dando batalla.