El fallo yanqui hace tambalear el acuerdo de Milei con Trump
La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre los aranceles obliga a Argentina a repensar un trato que prometía beneficios para más de 1.600 productos, mientras que acero y aluminio siguen en la mira con un impuesto del 50%.
La Corte Suprema de Estados Unidos tiró un baldazo de agua fría al declarar ilegales los aranceles generales que impuso Donald Trump allá por el 2 de abril. Este revés sacudió la mesa donde la Casa Rosada venía jugando sus cartas con el acuerdo recientemente firmado con Washington, y ahora el Gobierno se la ve difícil para afinar la estrategia arancelaria que tenían armada.
En la Casa Rosada no se andan con vueltas: admitieron que toca "rediscutir la parte arancelaria" del acuerdo con los yanquis. Lo que parecía un horizonte claro se nubló después de que el tribunal máximo de ese país frenara esos impuestos que Trump había estado fijando bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA).
Pero la pelea no termina ahí: el mismísimo exmandatario apeló rápido, tirando mano a otro artículo de la ley comercial (artículo 122) para hacer valer otro arancel del 10%, aunque por poco tiempo, lo que habilita medidas cortas mientras se reacomoda la política económica.
En este panorama, Argentina apunta a renegociar con fuerza para ganar algún beneficio extra en los rubros que ya venían con impuestos firmes antes de este rifirrafe. Uno de los temas centrales es el acero y el aluminio, que quedaron afuera de las rebajas previstas y mantienen un gravamen del 50% por cuestiones de seguridad nacional. Este escenario abre una ventana para que los negociadores argentinos metan presión y busquen alguna baja en esos valores ominosos.
El fallo de la Corte llegó apenas dos semanas después del anuncio del acuerdo bilateral. Ese pacto había prometido la eliminación del arancel del 10% para 1.675 productos, una jugada que traería un gran alivio y sería un guardapolvo frente a la competencia. Lamentablemente, la sentencia judicial dejó ese beneficio en el aire y puso en duda la validez del principal punto a favor para nuestra industria.
Desde la Cámara de Exportadores (CERA) se mostraron críticos y señalaron que el corazón del acuerdo era justamente la baja del 10% al 0% para esos productos. Además, recordaron que no se tocaron los aranceles de Nación Más Favorecida (NMF) ni los que aplican a acero y aluminio, lo que limita el alcance real del acuerdo.
En otro frente, la buena noticia para la carne vacuna se mantiene: Estados Unidos autorizó un cupo de 100.000 toneladas frente a las 20.000 que había hasta ahora, aunque esta decisión llegó mediante un decreto que no forma parte del acuerdo comercial formal, lo que genera algo de incertidumbre, aunque los empresarios confían en que seguirá vigente.
El analista Esteban Actis no dudó en señalar que el momento para anunciar este acuerdo fue medio desafortunado y que la sentencia era algo esperable desde enero. También puso paños fríos y afirmó que el impacto inmediato no será tan fuerte, porque muchos de los productos incluidos aún no son protagonistas en el comercio actual, sino que apuntan a futuras oportunidades.
Más allá de los aranceles, el acuerdo contemplaba avances en leyes de patentes, aceptación de normas sanitarias yankees para la carne, ajustes en regulaciones técnicas para vehículos, eliminación de barreras digitales y la supresión de ciertos permisos para productos de Estados Unidos. Sin embargo, con estos vaivenes legales todo quedó en suspenso.
Hoy la situación está más turbia que nunca: especialistas alertan que la legalidad del acuerdo quedó casi en una nebulosa, ya que se basaba en facultades arancelarias que la Corte acaba de limitar. Mientras tanto, en Washington están buscando nuevas formas para reinstalar impuestos temporales de hasta el 15% y no darle toda la ventaja a Argentina.
En definitiva, con el foco puesto en el acero, el aluminio y esos 1.675 productos en revisión, la negociación comercial entre ambos países entra en una nueva ronda, con reglas que todavía están por escribirse y una cancha llena de piedras donde los argentinos deberán jugar firme para defender sus intereses.