Julián Weich: De la depresión silenciosa a pedirle perdón a sus hijos para encontrar la paz
El querido conductor abrió su alma y repasó una vida de búsqueda: desde una infancia difícil y el éxito que no lo llenaba, hasta su despertar espiritual y el valor de los afectos.
Julián Weich, ese que nos acompañó en tantos programas, se abrió de corazón y contó cómo fue su camino para encontrar la paz. De pibe, no fue feliz. Sentía que en casa había una mentira, que sus viejos no eran un matrimonio pleno, y eso le generaba una angustia zarpada. A pesar de tenerlo todo en la tele, rating, plata y el cariño de la gente, por dentro sentía un vacío enorme. Una depresión silenciosa lo carcomía, pero de una forma rara: no lo tiraba a la cama, sino que lo mantenía activo, siempre haciendo cosas.La situación se puso heavy cuando se dio cuenta de que "quería morirse", no "matarse", una diferencia clave que lo asustó y lo llevó al psiquiatra. Después de un tiempo con medicación, decidió encararla solo. Fue ahí, por el 2002, cuando un libro sobre vidas pasadas le voló la cabeza y empezó a buscar respuestas en la meditación, el yoga y otras prácticas. Dejó la carne y, según él, se le fue esa sensación de competencia constante, como si el cuerpo le pidiera otra cosa.La fama, para Weich, fue casi un quilombo. Él la aceptó como parte del juego, pero le costaba un montón que no se apagara nunca. Por eso puso sus propias reglas: "Mis hijos no, mi casa no, mi vida privada no". Eso le valió que lo tildaran de "mala onda", pero a él, sinceramente, le importó poco. Hoy ve la tele de otra manera, ya no es "la televisión" de antes, y eso le permitió cambiar su actitud. Acepta que otros conductores estén en los programas que él hacía y no se desespera por estar en pantalla "porque sí".No le gusta la pose. Por eso nunca fue a la foto de "Personajes del Año" de la revista GENTE. "Yo no soy un personaje, soy una persona", dice, y no se guarda nada al criticar la superficialidad de ese evento. También reflexiona sobre la gente que "quiere ganar todo el tiempo", como Marcelo Tinelli, y hasta se compadece de quienes, según él, son "malos" en el medio y no pueden dejar de serlo, aunque quieran.En el terreno de la paternidad, Julián tuvo un momento bisagra. Hace unos diez años, reunió a sus hijos para pedirles perdón por cualquier dolor o error que les pudiera haber causado. Fue un acto sanador para él y, cree, inolvidable para ellos. Y si bien eso fue profundo, hay algo que nunca les dijo: "Te amo". Para él, esa frase es "mentirosa", "de Hollywood". Prefiere el "te quiero", más tangible, más de acción, porque "la felicidad no existe, solo los momentos felices".Sus hijos, Iara, Tadeo y Tomás, cada uno en la suya, y los dos jóvenes mozambiqueños que adoptó, Larcio y Jossias, le llenaron la vida. Pero fue Jerónimo, "Momo", quien lo llevó a otro nivel. Cuando el pibe se fue de viaje a buscarse, Julián se asustó, creyó que se le iba a "hacer drogadicto". Pero cuando volvió, "con olor a hippie", lo que encontró fue un gurú que le hablaba de yoga y energía. Esa experiencia, incluso durmiendo bajo un alero con ratas en Panamá, le enseñó el desapego y a valorar lo simple.Hoy, Weich vive con proyectos cortos, buscando la paz en el día a día y dedicándose de lleno a la solidaridad, colaborando con veinte ONGs. Para él, "el trabajo social no se termina nunca" y es "el más exitoso" de todos sus trabajos. Aprendió que "ser más útil y menos importante" es su propósito, y que las respuestas que uno necesita siempre están muy adentro. Un verdadero maestro de la vida, este Julián.