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Niños del horror nazi

La tragedia de los ‘superbebés’ nazis: el doloroso estigma de los chicos del programa Lebensborn

Una escritora revela el calvario de los chicos nacidos en las maternidades del Tercer Reich, criados para ser la "raza perfecta" pero marcados de por vida por el horror y el silencio.

La tragedia de los ‘superbebés’ nazis: el doloroso estigma de los chicos del programa LebensbornCrédito: Infobae

El programa Lebensborn, creado por Heinrich Himmler en 1935, buscaba aumentar la natalidad de niños con "buena herencia racial" para las SS. Estos centros, que Himmler llamó "fuentes de vida" o "fábricas de niños", ofrecían maternidades y ayuda social a las madres, priorizando la discreción y una selección racial estricta. Las mujeres, solteras o esposas de soldados de las SS, encontraban allí un lugar controlado para el embarazo y el parto, lejos de sus casas y bajo la tutela de la organización.

La novela de De Mulder, "Los niños de Himmler", se mete de lleno en el funcionamiento de estos hogares. Por ejemplo, en 1944, en la maternidad de Heim Hochland, la última en operar, se narra el impactante nacimiento de Jürgen, un bebé con problemas neurológicos. Este chiquito no pasó el "examen eugenésico" del médico nazi y fue separado de su madre para recibir un "tratamiento especial", un eufemismo que escondía el exterminio. Una carta describe fríamente el procedimiento: "Puedes estar tranquila. Asistí al paciente durante la desinfección misericordiosa. Mientras le daba de beber el remedio, lo tuve en brazos con mucho cuidado y hasta ternura. Siempre los cojo así en esos momentos. Además la morfina impide que sufran". A la madre, además, la esterilizaron.

Caroline De Mulder remarca que, pese a su apariencia impecable y la abundancia de comida, las maternidades de las SS compartían la misma lógica racista y criminal de los campos de concentración. "Funcionaba así, las maternidades de las SS eran la otra cara de la misma moneda de los campos nazis", afirma la autora. Himmler, que visitaba tanto los campos como las maternidades, tenía una particular debilidad por estos bebés, llegando a ser padrino de unos 80 de los 20.000 niños criados en estos lugares.

La autora insiste en que los hogares Lebensborn no eran burdeles ni lugares de placer, como dice la fantasía popular, sino "granjas" donde la sensualidad no tenía lugar y el maquillaje estaba prohibido. Las mujeres que llegaban a estos centros no eran víctimas pasivas, sino voluntarias, aunque su embarazo y el destino de sus hijos quedaban totalmente instrumentalizados por el régimen. El papel de la mujer en el Tercer Reich se resumía en el lema "Kinder, Küche, Kammer" (niños, cocina, dormitorio).

En la novela, el personaje de Helga, una enfermera, es clave. Ella representa el "mal ordinario" de quienes obedecieron sin cuestionar, distinto al mal absoluto de los grandes criminales. "Estamos más familiarizados con el mal absoluto pero el ordinario, el de los que obedecieron como Helga, da más miedo, te demuestra hasta qué punto todos basculamos entre el bien y el mal. No quería una heroína, la mayoría de la gente no somos héroes", explica De Mulder. Helga, adoctrinada pero no ciega, muestra esa tensión interna entre la obediencia y la conciencia.

Aunque se ha investigado mucho sobre el nazismo, De Mulder cree que el interés no baja. "Nunca nos hemos curado de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto que está en su centro. Occidente sigue horrorizado y traumatizado por esa guerra y por la Shoah. La organización del exterminio es el mal absoluto y seguimos y seguiremos interrogándonos sobre cómo fue posible", reflexiona la escritora, dejando picando la pregunta sobre cómo algo así pudo suceder.

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