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Calvario de un padre

¡12 años sin ver a su hijo por una denuncia falsa! "Quiero explicarle que no lo abandoné"

Un padre fue absuelto de falsas denuncias de abuso, pero la Justicia de Familia lo mantuvo alejado de su hijo por 12 años, permitiendo la manipulación y el dolor. Un calvario judicial sin fin.

¡12 años sin ver a su hijo por una denuncia falsa! "Quiero explicarle que no lo abandoné"Crédito: Infobae

Todo arrancó en septiembre de 2013, cuando J.G. tenía apenas cuatro años. La madre del menor denunció a Rosario, la abuela paterna, por abuso. Nueve meses después, la Justicia la sobreseyó por "inexistencia de delito". Lejos de terminar ahí, la madre arremetió de nuevo, esta vez contra Juan, el papá, fabulando incluso un secuestro. Pero otra vez, las pruebas, y hasta el propio relato del nene ("Papá no me hizo nada", "quiero ver a papá"), demostraron la falsedad de los hechos. La justicia penal fue contundente: no hubo delito ni abuso.

Sin embargo, la Justicia de Familia, que debía proteger al menor, se mostró incapaz de reconstruir los lazos. Intentos de revinculación, como en 2017, fracasaron cuando J.G., ya con ocho años y visiblemente presionado, empezó a decir que no quería ver a su padre sin dar razones claras. Informes de profesionales señalaban indicios de manipulación, pero increíblemente, se recomendaba no revincularlo, dejándolo a merced del discurso de la madre. Años de sabotaje por parte de la progenitora impidieron cualquier terapia que pudiera desarmar el relato implantado en el chico.

La situación llegó a un punto absurdo con un informe del Cuerpo Interdisciplinario Forense (CIF) de marzo de 2024. Los peritos evaluaron el caso como si empezara ese día, basándose en la versión de la madre y dando por sentados abusos que la Justicia ya había negado. Con este informe en mano, la jueza María Celia García Zubillaga sentenció que no se podía "abrir un espacio vincular", consumando así la denegación de justicia y la impunidad de una denuncia falsa que le robó a un hijo su identidad y su familia paterna.

Juan y Rosario no pueden creer la impunidad. Recuerdan la promesa del defensor de menores Atilio Álvarez de que, con el sobreseimiento en firme, J.G. volvería con ellos. Hoy, Álvarez, ya retirado, minimiza el caso a un "odio entre papá y mamá" y se resiste a hablar de "falsa denuncia", a pesar de que un informe oficial de psicólogas forenses ya había detectado en la madre un "trastorno de personalidad con componentes histérico-paranoides" e "indicios fehacientes de fabulación". Para ellos, es inaceptable que la justicia ignore estos antecedentes y culpe a las "actitudes de las partes" por el fracaso.

El dolor de Juan y Rosario es inmenso. Ven cómo la identidad de J.G. se construyó sobre una mentira, la idea de que fue abusado y abandonado. "No podés cargar un alma con ese peso cuando no es así", dice Juan. Aunque la frustración es gigante, no bajan los brazos. Siguen yendo al colegio de J.G. en cada cumpleaños, dejándole regalos y cartas. Su lucha es por la verdad, para que su hijo algún día se cuestione lo que le dijeron y pueda recuperar el vínculo y la parte de su vida que le arrebataron. "El amor es más fuerte, no te deja abandonar", concluye Juan, pidiendo que la justicia deje de ser cómplice de esta crueldad y cuide, de verdad, a la infancia.

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