Milei prepara su jugada para que la plata empiece a circular sin tocar la emisión
Con la campaña cada vez más cerca, la Casa Rosada busca que la estabilidad deje de ser solo una foto macro y se convierta en crédito, consumo e inversión. El gran reto ahora es que los pesos terminen en la calle y no se queden quietos en el sistema financiero.
La derrota en la final del Mundial no movió el tablero en Casa Rosada. Javier Milei sigue firme con el plan que quedó en marcha tras la salida de Manuel Adorni del Gobierno, cuando hubo un relanzamiento oficialista con cambios fuertes en la cúpula. En esa hoja de ruta aparecen dos proyectos que el Presidente considera clave: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y una nueva versión del blanqueo fiscal para tentar a los dólares que muchos argentinos guardan "bajo el colchón".
A 15 meses de las presidenciales, el desafío ya no pasa solo por bajar la inflación o sostener el equilibrio fiscal. Ahora el Gobierno quiere algo mucho más difícil: que la calma cambiaria y la desaceleración de precios se transformen en crédito, consumo, inversión y crecimiento. Dicho en criollo, que la mejora de las variables financieras llegue de una buena vez a la economía real, donde hoy muchas familias la siguen remando con ingresos golpeados y consumo en baja.
Según el Indec, los salarios registrados subieron 1,8% frente a una inflación de 2,1% en mayo. Ese dato grafica el problema que tiene el oficialismo por delante: la macro se ordenó bastante, pero el bolsillo todavía no respira. La gestión de La Libertad Avanza logró acomodar las cuentas públicas, frenar la emisión monetaria, desacelerar la inflación y recuperar reservas en el Banco Central. Sin embargo, ese orden tuvo un costo que sigue pesando en la calle.
La prioridad fue apagar el incendio. No empujar la actividad. Y ahora aparece la cuenta pendiente: hacer que una mayor disponibilidad de pesos no termine desordenando todo otra vez, sino que vuelva al circuito en forma de préstamos para empresas y familias. El Gobierno viene de sacar pesos de circulación para evitar que una suba de la liquidez alimente otra ola inflacionaria. El resultado fue una economía más prolija en lo macro, pero con un mercado interno quieto y varios sectores industriales todavía en caída.
En esa línea, la apuesta oficial empieza a cambiar de tono. La idea es que la desinflación se afiance y que, con menos presión sobre los precios, los ingresos disponibles puedan ir al consumo. Al mismo tiempo, una baja de tasas abriría la puerta a créditos más accesibles, incluso con una morosidad alta. Si el sistema financiero gana volumen, también pueden crecer los préstamos hipotecarios, prendarios, personales y para capital de trabajo. Y ahí está la clave: más crédito, más actividad y más demanda interna.
En paralelo, el Gobierno mira otra vía: la entrada de capitales y el acceso al financiamiento externo. La baja del riesgo país y las mejoras en la calificación crediticia de la Argentina abren la chance de refinanciar vencimientos en mejores condiciones y aliviar la presión sobre las reservas. Eso sería especialmente importante pensando en los compromisos fuertes que llegan en 2027. Si el Tesoro consigue deuda más barata, el Banco Central podría cuidar mejor los dólares y, al mismo tiempo, empezarían a verse señales más firmes en inversión privada, sobre todo en energía, minería y litio.
En definitiva, el Gobierno dejó atrás la etapa más urgente de su programa económico. Primero hubo que ordenar la casa. Ahora viene la parte más picante: demostrar que la estabilidad no es solo una foto prolija, sino el punto de partida para que la economía empiece a crecer de verdad.