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Un viaje que emocionó a todos

Un colectivero sanjuanino tuvo un gesto enorme y cambió la rutina de una familia

Una madre contó cómo el chofer de la línea 422 ayuda todos los días a su hija Alma, que usa silla de ruedas, para subir y bajar del colectivo sin complicaciones.

Un colectivero sanjuanino tuvo un gesto enorme y cambió la rutina de una familia

En San Juan hay historias que pegan fuerte porque muestran, sin vueltas, que la empatía todavía existe. Esta vez, el protagonista fue un chofer de la línea 422 de la empresa Albardón, señalado por pasajeros como Mario Videla. Lo que para cualquiera sería un viaje más, para una madre y su hija Alma se transformó en un alivio enorme. La chica utiliza silla de ruedas y, gracias a este conductor, el traslado a la escuela dejó de ser una odisea.

Según contó la mujer, cada vez que las ve subir, el chofer hace lo mismo: frena su tarea, se saca el cinturón, baja del colectivo y las ayuda personalmente a subir. Y no termina ahí, porque al llegar al destino repite el gesto con la misma dedicación. No es algo aislado ni una postal para la foto. Es una actitud que se repite todos los días, con una naturalidad que conmueve. En un mundo donde todo va a las apuradas, ese pequeño acto vale muchísimo más de lo que parece.

La historia toma todavía más fuerza cuando aparece el contexto. La madre explicó que en otras ocasiones habían evitado el transporte público por malas experiencias y hasta por situaciones incómodas con otros pasajeros. Por eso, este cambio no fue menor. "Fue solo una acción, pero cambió todo", escribió en su mensaje de agradecimiento. Y esa frase resume bastante bien lo que pasó: un gesto simple que devolvió confianza, tranquilidad y dignidad.

También destacó la humildad, la calidez y la buena predisposición del conductor, remarcando que su trato hizo mucho más llevadero todo el recorrido. Aunque no hubo confirmación oficial sobre su identidad, su nombre empezó a circular entre quienes compartieron el viaje. Pero, más allá de eso, lo que queda no es el nombre sino el ejemplo. Porque a veces no hacen falta grandes discursos: alcanza con mirar al otro, bajar un momento del apuro y tender una mano. Y en este caso, ese gesto cambió todo.

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