Renovemos el compromiso con la democracia
A medio siglo del golpe, José Luis Gioja deja un testimonio en primera persona que cruza memoria, experiencia y una advertencia que sigue más vigente que nunca sobre el valor de la democracia y los derechos humanos.
El 24 de marzo de 1976 no fue una fecha cualquiera. Fue una ruptura brutal en la historia argentina, una marca que quedó grabada a fuego en miles de familias y en la conciencia de todo el país. Aquel golpe de Estado dio paso al llamado "Proceso de Reorganización Nacional", un régimen de terror que no solo impuso un modelo político y económico, sino que además buscó meter miedo, perseguir y borrar al que pensaba distinto.
José Luis Gioja no habla solo desde los libros. Habla también desde lo vivido. Estuvo nueve meses preso por pensar distinto, por comprometerse y por creer en una Argentina más justa. Esa experiencia, lejos de ser un caso aislado, formó parte de un engranaje planificado que convirtió al Estado en el principal violador de los derechos humanos.
Cuando se habla de terrorismo de Estado, no se trata de una consigna ni de una mirada parcial: es un hecho histórico. Durante esos años, el aparato estatal fue usado para secuestrar, torturar, asesinar y desaparecer personas. Fueron miles los desaparecidos, y detrás de cada uno había un nombre, una historia, una familia y un proyecto de vida que quedó truncado.
En todo el país funcionaron centros clandestinos de detención. Lugares como la ESMA y La Perla se transformaron en símbolos del horror. En San Juan, la vieja Legislatura y La Marquesita también replicaron ese espanto. Allí se practicaron las formas más atroces de tortura, con la intención de quebrar no solo cuerpos, sino también ideas.
El objetivo del régimen era claro: eliminar el pensamiento crítico, la organización popular y toda forma de militancia política y social. Y junto con el terror, vino un plan económico que dejó secuelas profundas. Bajo la conducción de Martínez de Hoz, se aplicaron medidas que endeudaron al país, desindustrializaron la economía y profundizaron la desigualdad social.
En medio del silencio y la complicidad, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo salieron a reclamar por sus hijos y nietos desaparecidos con una valentía enorme. Gracias a esa lucha persistente, hoy siguen vigentes la búsqueda de la verdad, la memoria y la justicia.
El Juicio a las Juntas fue un hito histórico a nivel mundial. Demostró que era posible enfrentar el pasado con las herramientas de la ley y no con la violencia. Aunque después hubo retrocesos, con el tiempo las políticas de memoria, verdad y justicia se fueron consolidando y hoy forman parte de un consenso básico de la sociedad argentina.
Recordar el 24 de marzo no es quedarse anclado en el pasado. Es, al contrario, una manera de defender el presente y proyectar el futuro. Es reafirmar que nunca más el Estado puede volverse contra su propio pueblo. Es sostener, bien en claro, que los derechos humanos no son una bandera partidaria, sino un pilar esencial de la vida democrática.
Desde lo vivido, y con las marcas que dejó en su historia personal, José Luis Gioja lo dice sin vueltas: el terrorismo de Estado dejó heridas profundas, pero también hubo resistencia, solidaridad y gente que no se resignó. Por eso, cada 24 de marzo se renueva el compromiso con la memoria, para no olvidar; con la verdad, para saber qué pasó; y con la justicia, para que NUNCA MAS se repita.