La música, esa trinchera que le puso el pecho a la dictadura
Entre censura, exilio y listas negras, distintos géneros encontraron la forma de decir lo que no se podía y sostener la memoria colectiva.
Se cumplen 50 años del inicio de la etapa más oscura de la historia argentina. Cinco décadas desde aquel 24 de marzo de 1976, cuando el llamado "Proceso de Reorganización Nacional" intentó, a fuerza de terror y censura, reescribir la identidad de un pueblo. En ese escenario de botas, silencios y listas negras, la música apareció no solo como refugio, sino como una trinchera de resistencia.
La dictadura cívico-militar no apuntó únicamente a los cuerpos: también fue contra las ideas. Pese a las prohibiciones del COMFER (Comité Federal de Radiodifusión), las listas negras y el exilio forzado, las canciones siguieron circulando como un murmullo terco, de esos que no se apagan así nomás. En este repaso, la idea es mirar cómo distintos géneros se las ingeniaron para sostener la memoria y para que el "Nunca Más" empezara a tomar forma en cada estrofa.
Si hubo un género que supo esquivar la censura con una inteligencia tremenda, ese fue el rock nacional. En tiempos en los que los censores revisaban letras buscando palabras como "revolución", "libertad" o "pueblo", los músicos afinaron el ingenio y llenaron sus temas de metáforas. Para los militares, muchas canciones eran apenas rarezas psicodélicas; para los pibes de los años 70, eran una radiografía clarita del horror.
Charly García fue una pieza central de esa resistencia. A través de Serú Girán, logró meter verdades incómodas en los parlantes de todo el país. En "Canción de Alicia en el país", usó la imaginería de Lewis Carroll para hablar de desapariciones y tortura sin nombrar a los militares. Y en "Viernes 3 AM", la depresión y el suicidio rozaban lo permitido, desafiando esa supuesta "moral occidental y cristiana" que el Proceso decía defender.
Pero el rock no resistía solo desde la letra. También lo hacía en los recitales, que se volvieron verdaderos rituales de encuentro. Luna Park y Estadio Obras eran puntos de reunión donde miles de jóvenes se juntaban a escuchar a Luis Alberto Spinetta y a sus bandas de la época, bajo la vigilancia de la policía montada y las requisas en la puerta. El "Flaco", con su poesía difícil de encasillar y su ética firme, sostuvo una dimensión espiritual y estética que la maquinaria militar no pudo tocar. Temas como "El anillo del Capitán Beto" o "Maribel se durmió" ofrecían otro universo frente a la grisura de los Falcon verdes.
Hablar de esos años sin mencionar a León Gieco sería dejar afuera una voz fundamental. Su figura unió rock y folklore, y "Solo le pido a Dios", compuesto antes del conflicto del Beagle pero popularizado durante la dictadura, se convirtió en una oración laica. La canción zafó de varios intentos de prohibición porque, paradójicamente, su forma de letanía la hacía parecer inofensiva ante los censores más distraídos. Pero su reclamo contra la "indiferencia" pegó hondo en una sociedad que necesitaba despertar. Hoy, a 50 años, esos versos siguen sonando como una alarma contra el olvido.
Después de la Guerra de Malvinas en 1982, el rock nacional terminó de consolidarse como la voz de una generación. En otro giro bastante hipócrita, la dictadura prohibió la música en inglés en las radios y, de golpe, el rock local pasó de la persecución a la rotación obligatoria. Los músicos aprovecharon ese espacio para seguir erosionando, desde los parlantes, los cimientos de un régimen que ya se venía abajo.
Si el rock era el lenguaje de la juventud urbana, el folklore representaba la raíz más honda. Y justamente por eso fue uno de los géneros más castigados. La dictadura veía en el canto popular un germen de conciencia social y de organización obrera o campesina que debía ser arrancado de cuajo. Así, muchas figuras quedaron entre el silencio, la cárcel o la valija del exilio.
Mercedes Sosa, "La Negra", fue y sigue siendo el símbolo máximo de la dignidad artística. Su compromiso con el "Nuevo Cancionero" la puso en la mira desde el arranque. En 1979, durante un concierto en el Almacén San José de La Plata, la policía entró al lugar y detuvo a Mercedes junto con buena parte del público. Ese episodio marcó un quiebre y la empujó al exilio. Desde Europa, su voz se volvió emblema de los derechos humanos y del dolor de un pueblo amordazado.
Cuando regresó en 1982, con una serie de conciertos inolvidables en el Teatro Ópera, su versión de "Como la cigarra", de María Elena Walsh, adquirió otro peso. "Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando" ya no era solo una letra sobre la resiliencia artística: era la crónica de un país que se negaba a desaparecer pese al plan de exterminio.
Otro nombre fuerte fue Horacio Guarany. Su militancia y su cercanía con las causas populares lo convirtieron en blanco de la Triple A primero y de la Junta Militar después. Sufrió atentados con bombas en su casa y la prohibición total de sus discos. Canciones como "Si se calla el cantor" se transformaron en himnos de resistencia clandestina. Su voz potente representaba esa Argentina profunda que los militares quisieron borrar del mapa cultural.
El exilio de Guarany dejó un vacío que se llenó con cassettes grabados de manera precaria, que pasaban de mano en mano como si fueran material prohibido. "Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida, la vida misma es todo un canto. Si se calla el cantor, muere el espanto, la luz y la alegría de vivir." — Horacio Guarany.
La resistencia no siempre fue un grito. A veces apareció como una ironía fina o como un relato infantil cargado de verdad adulta. En ese clima de censura, varios géneros tuvieron que adaptarse para no desaparecer, mientras otros quedaron heridos por años.
María Elena Walsh, conocida en todo el mundo por su obra para chicos, fue una de las intelectuales más lúcidas a la hora de denunciar el oscurantismo. En 1979, publicó en el diario Clarín el texto "Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes". Allí comparó a la Argentina de la dictadura con un jardín donde los ciudadanos eran tratados como chicos incapaces, bajo la tutela de "celadores" autoritarios. Con sus canciones para adultos, Walsh armó un universo donde el sentido común le discutía de frente a la bota militar.
Temas como "El ejecutor" o "La paciencia de la araña" trabajaron los mecanismos del poder y la opresión con una elegancia que dejaba a los censores sin demasiados argumentos legales para prohibirla, aunque igual estuviera en la "lista negra" de hecho. Y con "Serenata para la tierra de uno", convirtió el dolor en poesía y el amor en refugio.
Un capítulo doloroso, y muchas veces menos contado, fue el impacto de la dictadura en el tango. Históricamente ligado a los sectores populares y, por extensión, al peronismo, el género sufrió un proceso de "esterilización". El régimen intentó apropiárselo para vender una imagen de argentinidad tradicionalista, conservadora y castrense. Se prohibieron términos del lunfardo por considerarlos "sucios" o "vulgares", y se persiguió cualquier letra que insinuara conflicto social.
Ese intento de "limpiar" el tango le sacó su esencia callejera y contestataria. Forzado a convertirse en música de museo o para la exportación, perdió conexión con las nuevas generaciones. Mientras el rock y el folklore hablaban de lo que estaba pasando, el tango oficializado por el régimen miraba un pasado idealizado y vacío. Para muchos jóvenes de entonces, terminó siendo la música de los viejos que no se quejaban o, peor todavía, la que sonaba en los actos oficiales de los militares.
Solo figuras como Astor Piazzolla, desde la vanguardia, u Osvaldo Pugliese, desde una resistencia silenciosa —con el clavel rojo sobre su piano vacío cuando estaba prohibido—, mantuvieron viva la llama de un género que el Proceso quiso domesticar.
Recordar estos 50 años implica reconocer que la música fue el archivo emocional de un país que no podía hablar por radio, pero que nunca dejó de cantar en la intimidad, en los sótanos o en el exilio. La censura fue feroz: existían manuales de "operaciones psicológicas" donde se detallaba qué frecuencias eran "subversivas". Sin embargo, el poder militar cometió un error de fondo: subestimar la capacidad de la belleza para funcionar como refugio y también como virus de libertad.
Hoy, en 2026, estas canciones no son solo nostalgia. Son herramientas para mirar de frente la democracia y no aflojar con la memoria. Las letras de García, los gritos de Sosa y la agudeza de Walsh siguen recordando que la cultura es el tejido que sostiene a una nación cuando todo lo demás empieza a crujir.