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Punch, video viral

Un psicoanalista revela por qué los objetos pueden ser un abrazo para el alma

La historia de Punch, un mono bebé japonés que se aferró a un peluche tras ser rechazado por su madre, abrió un debate sobre cómo ciertos objetos nos ayudan a calmar la ansiedad y a sentirnos seguros cuando falta el calor humano.

Un psicoanalista revela por qué los objetos pueden ser un abrazo para el alma

Hace poco, en Japón, se hizo conocida la historia de Punch, un tierno mono bebé que no pudo contar con el cariño de su mamá desde el primer momento. Sin ese contacto mínimo, sin ese calorcito que sostiene a cualquier cría, se generó un vacío que fue llenado de una forma sorpresiva.

Mientras los cuidadores se ocupaban de Punch, algo bien particular ocurrió: el mono agarró un peluche de mono, con moñito incluido, y lo convirtió en su compañero inseparable. Lo abrazaba como si fuera su mamá, dormía junto a él y lo buscaba cuando el miedo asomaba. Algunos lo veían y soltaron frases como "Qué tiernito" o "Pobrecito", pero la psicología nos da otra mirada, más profunda.

Donald Winnicott, un famoso pediatra y psicoanalista bueno para estas cosas, habló de estos peluches como "objetos transicionales". No son jueguitos para pasar el rato, son herramientas emocionales que ayudan a lidiar con la ausencia. Cuando un bebé recién nacido no puede calmarse solo porque le falta el contacto humano —ese olor, esa voz, ese latido— busca algo para reemplazar ese sostén, y ahí entra en juego el peluche.

Este objeto, lejos de ser una simple distracción, ayuda a reducir la ansiedad, soportar la separación, dormir sin angustias y empezar a bancar la soledad sin pánico. No es ni debilidad ni drama, sino la primera señal de que uno empieza a manejar sus propias emociones.

La gran verdad que pinta incómoda pero es valiosa: la independencia no sale de la nada, no nace del abandono. Surge cuando hay un sostén, cuando alguien estuvo ahí para brindar seguridad. Si eso falta, el cuerpo y la mente se las ingenian para fabricar ese apoyo, a veces agarrándose a un peluche, porque nadie aprende a estar solo sin haberse sentido acompañado antes.

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