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Especie invasora

¡Un bicho que se convirtió en tormenta! La plaga del conejo europeo que descoloca a Australia

Lo que arrancó siendo solo 24 conejos en 1859, hoy es un desastre que arrancó pastos, arruinó suelos y obligó a Australia a ponerle el freno con vallas y virus. Una batalla sin tregua para controlar a un invasor que no afloja.

¡Un bicho que se convirtió en tormenta! La plaga del conejo europeo que descoloca a Australia

La introducción de esos conejos europeos a Australia fue casi un tiro por la culata. En 1859, soltaron solo 24 ejemplares, pero en pocos años la cosa se desmadró y la especie se multiplicó a lo loco. ¿El resultado? Millones de conejos arrasando pastizales, campos y la flora nativa de punta a punta del continente.

Con un ecosistema que les dio carta libre, sin predadores que los frenaran, estos peludos no pararon de reproducirse. Una pareja de conejos era capaz de crecer hasta una población que equivalía a 600 millones en su pico más alto. Esto alcanzó a cubrir cerca del 70% del sur de Australia, dañando la naturaleza y dejando la tierra pelada y expuesta a la erosión.

¿La clave de semejante despliegue? La velocidad de crianza. Se dice que en condiciones favorables, una pareja puede generar descendencia equivalente a 184 años en solo 18 meses. Por eso, las estrategias para controlar esta monstruosidad llegan tarde y la población rebrote una y otra vez.

El daño se va más allá del pasto roto. Cada rincón donde desaparece la vegetación se vuelve tierra vulnerable que se erosiona con el viento y la lluvia, perdiendo capa fértil y dejándonos un paisaje devastado que cuesta mucho recuperar.

Para ponerle un freno, desde 1901 se construyó una enorme valla de más de 3.200 km destinada a frenar el avance de los conejos. Pero, como era de esperarse, los saltarines encontraron la vuelta, recolonizando zonas y dejando en evidencia que las barreras no son solución definitiva y que requieren mantenimiento permanente.

En la lucha biológica apareció la mixomatosis en la década del 1950, con una reducción de más del 90% de la población. Pero con el tiempo, algunos conejos se hicieron resistente. Más tarde, en 1996 lanzaron otro virus, la hepatitis vírica tipo 1, y en 2017 su variante RHDV1a, para seguir peleando esta guerra sin cuartel.

Los costos para la agricultura son tremendo bocado: más de 200 millones de dólares australianos por año en pérdidas, sumados a la erosión y al deterioro constante. Los métodos de control necesitan constante renovación porque estos enemigos saltarines no dan tregua, mientras sigan encontrando comida y refugio.

Esta historia de cómo una discreta introducción en 1859 terminó generando una bóveda de 600 millones de conejos y un impacto en el 70% del sur australiano, queda como aviso para el mundo: prevenir es siempre mejor que remediar. Australia sigue peleando la batalla contra un invasor que no afloja, y la lección es clara para todos los que manejan el ambiente y la biodiversidad.

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