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Agrovoltaica

Desde Finlandia nos tiran la posta: la distancia justa entre paneles solares para no arruinar la cosecha

Un estudio de la Universidad de Turku definió cuánto espacio hay que dejar entre filas de paneles solares para que los cultivos en conjunto con la energía renovable sigan dando pelea sin perder ritmo.

Desde Finlandia nos tiran la posta: la distancia justa entre paneles solares para no arruinar la cosecha

La agrovoltaica, esa mezcla jugada de producir energía y alimentos en un mismo terreno, vuelve a dar que hablar gracias a una investigación cheta desde Finlandia. Los bichos de la Universidad de Turku metieron mano para definir cuán lejos hay que poner las filas de paneles solares para que la tierra siga tirando buena fruta y la electricidad no se quede flaca.

El lance salió publicado en Applied Energy y se metió de lleno con paneles verticales bifaciales, esos que miran para el este y oeste, un sistema cada vez más copado en zonas con poca luz durante el año. Según las puestas a prueba, cuando hay por lo menos 8 metros entre fila y fila, los cultivos reciben tres cuartos del sol que tendrían sin las placas, lo que se traduce en que el daño productivo está controlado.

Los investigadores se jugaron a simular un campo con 15 filas de paneles elevados un metro arriba del suelo, dejando espacio para que la maquinaria ande chamuyando sin joder. Al ensayar distancias entre 5 y 100 metros, advirtieron que el salto copado se da cuando las "calles" entre paneles llegan a unos 10 metros. Pasados los 20, el combo agrícola y eléctrico se acomoda y no hay mejoras bruscas.

Pero ojo, que allá donde realmente canta la torta para el chacarero es cuando la cosecha no afloja: para mantener el 90% de la productividad en comparación a una parcela similar sin paneles, el espacio ideal se arrima entre 11,3 y 13,7 metros. Eso quiere decir que los 8 metros son el mínimo técnico, pero si querés que el combo funcione fino, hay que darle más aire.

Pero la novela no acaba acá: el tipo de cultivo juega su partido porque la luz que refleja la planta, llamada albedo, alimenta a los paneles. En este experimento virtual, la cebada de invierno se llevó el aplauso mayor en generación eléctrica, mientras que la avena quedó un poquito relegada.

Y para ponerle más pimienta, la orientación de los paneles tiene su misterio. Los verticales que miran este a oeste son re macanudos porque dan dos picos de energía diarios —en la mañana y la tarde— justo cuando la luz falta más y los precios acompañan. Eso sí, para que estos paneles no tengan lío con sombras, lo ideal es emplazarlos con el norte bien despejado, lo que hay que pensar muy bien según árboles, cercos y otros caprichos del entorno.

Esta movida cae justo en un momento clave para Europa, que quiere meterle pata a las energías renovables sin hacerse mala sangre con cómo usa la tierra. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea ya avisó que la agrovoltaica es la estrella para políticas que quieran juntar energía, rates de cultivos y hasta cuidar bichitos y plantas. En paralelo, el programa IEA PVPS se está poniendo las pilas para unificar criterios y juntar ciencia buena en esta materia.

Lo que todavía falta aclarar es si el laboratorio baila igual que el campo: esta movida viene de simulaciones hechas bajo el clima gélido y la luz particular de latitudes altas, bien distintas a las que tenemos en el Mediterráneo o zonas más secas. El recado es uno solo: el espacio entre paneles es clave, pero cómo se adapte esto a lugares como España o nuestras tierras dependerá de ensayos reales que tengan en cuenta qué se planta, cómo se riega, el paso de la maquinaria y hasta el valor de la electricidad.

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