El enfrentamiento que prepara el Gobierno ante la pulseada feroz de la CGT por la reforma laboral
El proyecto de reforma laboral dejó ganadores y perdedores y una tensión que marcará el rumbo del Gobierno. La CGT prepara una gran protesta y manda señales de que no bajará los brazos. ¿Se vienen más cambios en el Congreso?
No es que la CGT abandonó el diálogo; lo que pasa es que la reforma laboral que impulsa Javier Milei encendió la mecha y convirtió a los dirigentes en fieras a la defensiva. Algunos artículos polémicos fueron suavizados gracias al ala política del Gobierno, pero el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, se quedó con la gloria al meter mano en gran parte de los 197 artículos, apuntando directo a romper la vieja protección sindical.
La CGT, con su conducción elegida el 5 de octubre, no tuvo otra que poner en marcha su garra con una protesta: quieren juntar 150 mil personas en la Plaza de Mayo para meter presión al Gobierno y a los legisladores. A pesar de que asoman canales de diálogo con libertarios, la cosa no alcanza para calmar los ánimos ni para firmar una tregua.
Los dirigentes sindicales ya saben que la movilización está en marcha. Los cotitulares de la CGT como Cristian Jerónimo, Jorge Sola y Octavio Argüello se mostraron sólidos en la reunión del Consejo Directivo y se terminó de cerrar la fecha para la marcha, que será el jueves 18, justo cuando la izquierda trotskista también prenderá la mecha con otro reclamo más duro.
Entre los más duros, aparece el experimentado Gerardo Martínez (UOCRA), que defiende el diálogo pero no se calla: "Hay una intromisión del Gobierno en la libertad sindical, en la relación que existe entre empleadores y trabajadores a través de la articulación de los convenios colectivos de trabajo", dijo con firmeza. Para él, el Estado quiere meterse hasta en lo más profundo de la defensa de los trabajadores, condicionando derechos colectivos e individuales.
Martínez también pone en la balanza la difícil situación económica: la recesión y el cierre de empresas de todos los tamaños no encuentran respuesta en el modelo económico que hoy sufre Argentina, y la apertura masiva de productos extranjeros subsidiados solo pone más picante a la olla.
Uno de los puntos que más calienta a la CGT es el artículo 126, que cambia el rol de los empleadores en la retención de cuotas sindicales, ahora bajo consentimiento exprés del trabajador. Esto modifica la obligatoriedad que tenía la ley vigente y que garantizaba también la recaudación de cuotas solidarias, un tema demasiado sensible para el movimiento obrero.
Un dato no menor: la Corte avaló en 2021 que los empleadores retengan las cuotas sindicales automáticamente, lo que fue un golpe para el establishment gremial. Sin embargo, el Gobierno no derogó la Ley 24.642, generando un campo fértil para futuros líos judiciales y dando un respiro legal a los sindicatos.
Desde la CGT apuntan que, pese a algunas concesiones, el ala política (con figuras como Menem y Santiago Caputo) no pudo frenar ciertos artículos explosivos que estallaron la relación con el sindicalismo. Por eso, además de la movilización, la central obrera apuntará al Congreso con lobby y presentará impugnaciones judiciales para frenarla.
La convocatoria para la marcha fue rápida y unánime, con Jorge Sola como impulsor principal. Curioso fue el gesto del histórico Luis Barrionuevo, que perdió peso en la conducción pero juntó a sus fieles para respaldar la protesta junto a líderes de peso como Omar Maturano y Roberto Fernández. Ni siquiera las internas, como la de Sergio Aladio contra Hugo Moyano, frenaron esta unidad de acción.
La bronca contra el Gobierno sube: circulan rumores de una contraofensiva equipada para complicar la distribución de fondos a las obras sociales, una posibilidad que da miedo en la CGT, que ya lidia con crisis de gestión. Según cálculos, la baja del 1% en las contribuciones patronales significaría 16.500 millones menos mensuales para el Fondo Solidario y 96.000 millones menos para el sistema sindical de salud, montos nada despreciables.
El tablero político y sindical se pone al rojo vivo y lo que viene puede ser una guerra sin final claro. ¿Habrá ganador o ambos correrán a un empate forzado? Solo el tiempo y las calles lo dirán, mientras el gobierno y la CGT pisan fuerte y no están dispuestos a ceder un paso.