Diego Álvarez mantiene vivo el sueño que arrancó su viejo en Defensores de Argentinos
Defensores de Argentinos, el club sanjuanino sin estadio propio, crece a paso firme. Brilla en futsal y ahora apuesta fuerte para meterse en primera A con un proyecto familiar que emociona.
Luis y Mario se quedaron con el corazón a flor de piel, sentados juntos como buenos hermanos. No era tristeza, sino una mezcla de alegría y orgullo por ver que la posta quedó en manos seguras. En Santa Lucía, Defensores de Argentinos es más que un club: es una familia que crece y se fortalece.
Aunque chico, este club logró un crecimiento espectacular gracias al empuje de Diego Álvarez, actual presidente y continuador de un sueño iniciado por su padre, uno de los socios fundadores. "Yo siempre vi como mi viejo se desvivía por el club. No sé cómo hacía porque estaba al frente del Consejo de la B, con el Futsal y le ponía el alma al club. En Defensores nos juntábamos para jugar y ese proceso lo disfruté desde afuera", cuenta Diego con la emoción a flor de piel.
La pandemia se llevó a Mario y hacía pensar que la historia de Defensores se terminaba, pero pasó todo lo contrario. "Cuando se muere mi viejo y mi tío, pensé en largar todo. Yo no sabía nada de dirigencia, solo veía a mi viejo laburar. Hablábamos después de cada reunión pero no trabajé nunca directo. Tenía ideas en un borrador, pero nada claro", relata Diego, en su oficina donde un cuadro con el dibujo de su padre lo acompaña.
Defensores pisó fuerte por primera vez llegando a la final por un ascenso al fútbol mayor sanjuanino. Pero el despegue llegó en otra cancha: el envidiable presente del futsal. "El borrador que tenía de mi viejo lo empecé a aplicar. Con mi primo Hernán conseguimos un predio para entrenar y jugar. Hoy en el complejo del sindicato de plásticos desarrollamos todas las divisiones, desde inferiores hasta primera. El año pasado fuimos bicampeones sanjuaninos, jugamos Copa Argentina y clasificamos al Nacional", cuenta Diego rebosante de orgullo.
Pero no fue fácil en el fútbol once, donde el equipo fumaba en el fondo de la tabla. Para cambiar eso había que empezar desde abajo, y consiguieron el predio Don López en Alto de Sierra. "Allí arrancamos con apenas 12 pibes. Nos costó un huevo al principio, pero cuando armamos sub 13, sub 15 y sub 17 entramos en competencias regionales y la cosa explotó: hoy tenemos 300 chicos entrenando en inferiores. Jugamos en LIFI, estamos firmes en las finales de inferiores de la A y siempre peleamos en Regional", detalla Diego entusiasta.
En primera, la posta la tomó Guillermo, entrenador que no es pariente de Diego, pero comparte el apellido y el amor por el club. "Jugué en el club, y sufrí un montón de derrotas. Cuando me llamó Diego me puse las pilas para meterle un cambio. Nos pasó algo especial con el arquero: teníamos un pibe de 17 años y, para la última instancia, entró al arco Sergio Romero, un veterano de 48 años, que nos pidió cumplir el sueño de jugar con su hijo. Atajó todo y hoy es un pilar del equipo", cuenta con una sonrisa.
De cara a la final que se viene, Guillermo tiene claro que esto es más que fútbol. "Somos una familia, no tenemos una hinchada grande ni lujos. No podemos entrenar con gente pero esta final la vamos a jugar con el alma y el corazón. No llegamos acá por suerte ni por casualidad, tenemos nuestras armas y vamos a dejar todo dentro de la cancha para cumplir nuestros sueños".
Mientras tanto, Luis y Mario, desde donde estén, seguro que ya se pusieron bien comodos arriba, con la camiseta del club y van a cantar cantarle a este Defensores que nació de ellos en Santa Lucía y que hoy, con esfuerzo y pasión, está más vivo que nunca: "Cuando yo me muera yo quiero que mi cajón sea rojo, azul y blanco como mi corazón. Yo te sigo a todos lados. En las buenas y en las malas voy siempre descontrolado. Por eso te pido, que salgas campeón, juegues donde juegues. Te vamos a alentar."