Amigas del tren: perdieron una pierna, se hicieron licenciadas y ahora ayudan a otros con sus propias prótesis
Daniela Ojeda y Liz Sosa, dos guerreras que la vida golpeó, se conocieron en el tren y juntas se recibieron de licenciadas en Órtesis y Prótesis en la UNSaM. Hoy, con su propia experiencia, ayudan a otros a volver a caminar.
Hace poquito, Daniela Ojeda y Liz Sosa no solo festejaron un título, sino que coronaron años de pura garra y corazón. Se recibieron de licenciadas en Órtesis y Prótesis en la UNSaM, un logro zarpado si pensamos que sus historias arrancaron con un golpe durísimo: sendos accidentes les sacaron una pierna, pero no las ganas de pelearla y volver a ponerse de pie.Con apenas 14 y 15 años, Daniela y Liz se enfrentaron a lo impensado. Accidentes viales les cambiaron la vida para siempre, arrancándoles una pierna y sumiéndolas en un sinfín de internaciones y operaciones. Cada una, por su lado, eligió no bajar los brazos. Se adaptaron, se levantaron y, por esas cosas del destino, se encontraron en el tren Urquiza y se hicieron inseparables. Juntas, compartieron el aula, diseñaron sus propias prótesis y se bancaron los viajes en bondi y tren, forjando una amistad de fierro.Daniela, a sus 14 años, sufrió un accidente terrible en la ruta a Misiones. Su pierna quedó atrapada y se la amputaron. Tras un año de internación y varias cirugías, incluso una segunda amputación por una infección, tuvo que aprender a vivir de nuevo. Su primera prótesis fue un fiasco: "Era muy básica, no se ajustaba a mi tipo de amputación. Prefería no tener nada que tener algo incómodo", recuerda. Solo cuando pudo acceder a una de mejor calidad, empezó a caminar con confianza, aunque reconoce que aún hoy, casi 20 años después, los veranos son un quilombo por el calor y la irritación.Por su parte, Liz Sosa Carballo, paraguaya de nacimiento, también a los 15 años, se dio un palo zarpado en moto en Ciudad del Este. El impacto fue tan fuerte que la amputación de su pierna fue al instante. Pero Liz se puso las pilas rápido: al mes ya estaba de vuelta en el colegio con muletas. "No me quería quedar estancada", afirma. Esa fuerza la llevó a vivir a pleno: hace trekking, rafting, parapente, paracaidismo y anda en bici. Hoy, con 32, vive en Chile y trabaja como técnica ortopedista, dando apoyo a pacientes desde su propia experiencia.Ahora, con sus títulos en mano, Daniela y Liz tienen una misión clara: acompañar a otros que pasan por lo mismo. Ellas saben, como nadie, cómo es ese camino porque lo vivieron en carne propia. Liz lo resume: "Poder estar ahí, compartir lo que viví y acompañar, le da otro sentido a todo lo que me tocó". Su experiencia es un tesoro que no se aprende en ningún libro, es la clave para hacer más llevadera la adaptación a una prótesis.Daniela, además, superó el miedo a la maternidad. Con 32 años, ya es mamá de Samuel y espera su segundo hijo, demostrando que no hay límites. "Me enorgullece haberlo podido llevar a cabo y tener un embarazo saludable", dice, con una gratitud que conmueve. Su historia, como la de Liz, nos enseña que, aunque la vida te golpee fuerte, siempre hay una manera de levantarse y seguir construyendo el futuro que uno sueña.Daniela y Liz no eligieron lo que les pasó, eso está claro. Pero sí eligieron qué hacer con eso, y ahí está la lección más grande: que hasta en los momentos más oscuros, se puede salir adelante con fuerza, dignidad y un amor propio que contagia. Un ejemplo de vida para todos.