Marta Pelloni: La monja que no le tembló el pulso para enfrentar a los poderosos y buscar justicia en los casos más turbios del país
Conocida como "La Pelloni", esta monja se la bancó contra todo y contra todos, luchando décadas para que los crímenes de los poderosos no queden en el olvido.
Argentina tiene historias que marcan a fuego, de esas que la gente prefiere olvidar porque duelen, o porque los poderosos quieren que queden bajo la alfombra. Crímenes que buscan la impunidad, pero que la memoria popular se resiste a borrar.Un caso que nadie olvida es el de María Soledad Morales en el "90. Una piba de 17 años que fue violada, torturada y asesinada. Y si ese crimen no quedó como uno más en la lista de impunes, fue por una mujer que se puso las pilas: la monja Marta Pelloni.Ella, directora del colegio de María Soledad, fue la cara visible de las "marchas del silencio". Una protesta que empezó en Catamarca y terminó movilizando al país entero, gritando contra la impunidad de los "hijos del poder", esos que creían que por tener plata y contactos, podían hacer lo que quisieran.¿Por qué una monja? "La Pelloni", como la conocemos, se bancó años y décadas, poniendo en jaque el discurso oficial. Liliana Viola, en su libro "La hermana", cuenta cómo esta religiosa rompió ese "velo" que la sociedad a veces se pone para no ver las barbaridades que pasan.La gente, desconfiada de las autoridades desde los 90, encontró en ella una oreja y una esperanza. Le llegaban casos de todo tipo: bebés robados a madres humildes para venderlos en Europa, ritos turbios de la "jet set", pibes envenenados por la contaminación. Se convirtió en el imán de los desesperados.Su clave fue la escucha, esa que hoy la gente busca hasta en la inteligencia artificial. Pero más que nada, rompió la vergüenza. En los 90, ser una mujer abusada era una carga, un silencio. Ella, con su hábito, ayudó a que muchas hablaran y se cayera ese pacto desigual con el poder.Y así, la hermana Marta Pelloni sigue siendo un faro. Una figura irremplazable que demuestra que, a veces, para que haya justicia en este país, tiene que venir una monja a ponerle el cuerpo y el alma, porque las instituciones, lamentablemente, muchas veces miran para otro lado.