Keanu Reeves y Alex Winter en Broadway: "Esperando a Godot" no arranca, ni con estrellas de Hollywood
Las estrellas de Hollywood, Keanu Reeves y Alex Winter, se subieron a las tablas de Broadway para revivir un clásico, pero ni su famosa amistad pudo salvar la puesta de "Esperando a Godot".
Una guitarra al aire y la orden de "¡Que empiece la fiesta, chicos!" abrieron la función de "Esperando a Godot" de Samuel Beckett en Broadway, y el público aplaudió a rabiar. Es que la atracción principal era ver a Keanu Reeves y Alex Winter, la dupla de "Bill y Ted", juntos de nuevo. Pero acá no viajan en el tiempo; lo único que hacen es esperar, quizás la muerte o la libertad, en una tragicomedia que juega con la angustia y la incertidumbre.Una puesta así con estrellas no es novedad en Nueva York. Ya pasaron Ian McKellen y Patrick Stewart, y hasta Steve Martin con Robin Williams. La idea es que la química entre amigos de toda la vida, o la fama, ayude. Pero en esta versión del director Jamie Lloyd, la sensación de que el elenco es solo un truco, no se pudo disimular.Los actores, que son muy compinches desde la primera película allá por el 89, se la jugaron y le propusieron la obra al director. Pasaron más de un año leyéndola y mandando grabaciones. Pero parece que tanta familiaridad con el texto, y las ganas de encarar el desafío, terminaron jugando en contra: no se los ve escuchándose en el escenario.Vladimir y Estragón, que pasan de lo más mundano a lo existencial en un suspiro, comparten una intimidad de años esperando. Pero acá, los diálogos van tan rápido que la respuesta llega antes de que termine la pregunta. Al no conectar entre ellos, la obra invita al público a desconectar, y con Beckett, eso es un quilombo.Reeves, conocido por su estoicismo en "John Wick" y "Matrix", es el más atento de los dos. Con la cara hundida bajo una barba canosa, le da a su Estragón un aire medio infantil, pero a la vez cansado y curioso. Winter, que de chico ya pisaba Broadway, se lo ve más rígido y menos suelto. Quizás por la amistad de años, la cosa no se ve tan despareja, pero las reflexiones filosóficas de su Vladimir se diluyen en el aire.El ritmo apurado también es un problema. La obra dura poco más de dos horas con un intervalo, pero el texto de Beckett pide más respiro, más silencios. Y esta producción no los permite. Los cambios de tono se marcan con ecos o zumbidos raros, y la iluminación, que parece un filtro de Instagram, es demasiado brusca. Todo está sobrediseñado, especialmente un túnel gigante que parece una alcantarilla al infierno o el cañón de la pistola de 007. Es llamativo, pero resbaladizo y superficial, como la obra en general.Ni divertida, ni emotiva, ni profunda, la puesta quedó en una especie de limbo estético pero vacío. Lo mejorcito llega con los otros personajes: Pozzo (Brandon J. Dirden) y su cautivo Lucky (Michael Patrick Thornton), que se lucen con el texto de Beckett. La elección de Dirden, que es negro, y Thornton, en silla de ruedas, le da un toque intrigante a la producción.Pero al final, lo que se extraña en este "Esperando a Godot" es esa conexión real entre las estrellas que uno esperaba ver. Parece que ni un romance memorable, como el de Bill y Ted, puede con todo.