Don Hipólito, el alma del Bar Guanabara: 92 años de historia y el mejor cafecito en el corazón de San Nicolás
En pleno centro, un bar de 1961 resiste el paso del tiempo. Hipólito Gasamanes, su dueño de 92 años, te atiende con la misma pasión de siempre y sabores que son puro recuerdo.
En el bullicioso centro porteño, si uno se toma el tiempo de mirar más allá de lo evidente, aparecen tesoros escondidos que nos cuentan la historia de Buenos Aires. Uno de esos rincones es el Bar Guanabara, un café de barra en Sarmiento 1232, que es mucho más que un simple lugar para tomar algo. Es un viaje al pasado, con un protagonista de lujo: don Hipólito Gasamanes, su dueño de 92 años, que sigue firme al frente.Este solar, antes de ser el Guanabara, fue testigo de la transformación de la ciudad. A principios del siglo XX, donde hoy está el bar, funcionaba un "Tambo y café con leche", justo al lado del imponente Prince George’s Hall, un palacete británico que fue centro de eventos sociales y donde incluso se premiaba a los campeones de la precursora de la AFA. ¡Imaginate la cantidad de historias que pasaron por ahí! Y no solo eso, casi enfrente, en Sarmiento 1251, vivió ni más ni menos que Domingo Faustino Sarmiento.Don Hipólito llegó a la Argentina en 1952, con apenas 18 años, desde Galicia. Su vida en Buenos Aires estuvo marcada por el trabajo duro y momentos históricos. Fue lavacopas en el tren a Bariloche y vivió de cerca el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955, cuando el golpe militar derrocó a Perón. Su patrón lo resguardó en su casa, que terminó hecha pedazos por los cañones. Una historia zarpada que te pone la piel de gallina y que él, como muchos, la vivió en carne propia.El Guanabara abrió sus puertas en 1961, y en 1979, Hipólito se hizo socio con otros quince. Con el tiempo, los demás se fueron, y él quedó como el único guardián de este pedacito de historia. El bar, con su barra en forma de U y sus sillas fijas, conserva la esencia de otros tiempos. Antes, acá venían abogados, empleados de Renault y hasta fiscales famosos como Strassera. Hoy, con los cambios en el centro, el flujo de gente bajó, pero la mística sigue intacta.Lo mejor de todo es la experiencia de ser atendido por don Hipólito. Te sirve el café en vaso de vidrio, como antes, y te recomienda las empanadas combinadas de membrillo y batata, que, según él, son la felicidad. También las manzanas asadas y los flanes que prepara "como su abuela". Es un placer ver cómo él, junto a su mujer Ramona, su hija Marisela y su yerno Emanuel, mantienen vivo este lugar. Entrar al Guanabara es, sin dudas, recibir una clase de vida.